Llegó de Venezuela hace siete años con lo poco que cabía en una maleta, pero con lo más grande que puede tener una persona: las ganas de salir adelante por sus hijos. En Bogotá encontró en el reciclaje no solo un oficio, sino una forma de equilibrio entre el trabajo y la paternidad.
Él es Yoel, y esta es su historia.
Cada día, antes de que el sol asome por las montañas, Yoel ya está en pie. Son las cinco de la mañana y la ciudad apenas despierta. Su primera tarea no es empujar el zorro ni cargar costales: es preparar a su hijo para ir al colegio. Luego, regresa a casa, arregla a su hija y la lleva también.
—“Ella entra a las 7:30”, dice con voz cansada pero firme.
Después, mientras otros apenas comienzan su jornada, Yoel ya ha hecho de todo: padre, cocinero, transportador y cuidador. “Mi pareja trabaja”, cuenta, “entonces yo hago el almuerzo, recojo al niño del colegio a las 11:40 y ya tipo una de la tarde estoy saliendo a trabajar.”
Empuja su carreta desde el centro hasta La Soledad, entre calles que conoce de memoria. El ruido de las llantas sobre el asfalto, el saludo de algunos vecinos, el sonido metálico de las botellas y el cartón: esa es la banda sonora de sus días.
“Por allá estoy hasta las 10 o 10:30 de la noche. Luego toca guardar el zorro y coger TransMilenio hasta la casa. Llego como a las 12, 12:30… y al otro día, otra vez la misma rutina”, dice, con una sonrisa resignada que también es de orgullo.
En medio del cansancio, Yoel encuentra en los CTAS —Centros Temporales de Acopio y Separación de Residuos — un respiro. Allí puede separar el material con calma, sin que la lluvia lo empape ni el sol le queme la piel.
“En la labor de la separación del material es muy bueno, porque uno se cubre de la lluvia y todo eso. Y además ayuda al ambiente”, dice, mientras acomoda botellas plásticas en su carreta.
Su trabajo no solo sostiene a su familia; también le da un propósito. “Esta labor es muy buena —asegura—, ayuda a las personas y al ambiente.”
Yoel no lo sabe, pero cada pedazo de cartón que levanta, cada botella que rescata también levanta el futuro de sus hijos.
Él empuja más que una carreta: empuja sueños.